miércoles, 7 de mayo de 2014

LA FRONTERA. LA COMUNIDAD JUDÍA ULTRA ORTODOXA DE NUEVA YORK.

Williamsburg, en Brooklyn, es el barrio de los mercadillos vintage, de los artistas y culturetas. Looks imposibles, tendencias naciendo y modernos con dinero que se esfuman al llegar a “La frontera”. Broadway Street marca el límite entre hipsters y judios ultra ortodoxos dentro de un mismo barrio.  Cruzar esta calle supone viajar a otra realidad y encontrarse con un mundo antagónico a menos de veinte metros.

Familias de ocho miembros, todos vestidos de negro, cabezas cubiertas, edificios enrejados, recato y silencio. La reacción de quien se adentra por primera vez en el vecindario  ultra ortodoxo de Williamsburg puede variar entre la curiosidad, la perplejidad o incluso el miedo.  He visto múltiples reacciones pero todas atienden a lo mismo: el desconocimiento. ¿Quiénes son y porqué no participan de nuestro modo de vida?
familia judía ultra ortodoxa pasea por Nueva York

Para la comunidad Jasídica Satmar, compuesta en su mayoría por judíos húngaros y rumanos supervivientes del holocausto, la religión es una forma de vida que marca estrictamente cómo vestir, qué comer o a qué dedicar su ocio. Todo en su modo de vida atiende a un porqué y descubrirlo es apasionante. Las mujeres casadas tienen que cubrirse el pelo, hay quienes lo hacen mediante una sombrero o un turbante, aunque la mayoría lleva una peluca, llamada “sheitel”, que les permite tener una apariencia común y al mismo tiempo reservar su belleza sólo para su marido. Las de ascendencia húngara suelen además llevar el pelo rapado bajo la peluca. El decoro es una cualidad esencial en ellas, por eso el resto de su vestimenta va en la misma línea. Faldas por debajo de la rodilla,  siempre medias, nunca escotes y mangas hasta el codo. Una estética uniforme que las convierte aparentemente en clones.

"Mujeres judías ultra ortodoxas usan pelucas"



"barrio judío Nueva York"
Los hombres se cubren la cabeza, primero con la kipá, típica boina judía, pero en este caso más grande y de terciopelo negro, y después con un sombrero de ala ancha o revestido de piel de zorro llamado “spodic”. Se cubren la cabeza, y lo hacen dos veces, para recordar que siempre por encima de ellos está Dios observando todas sus acciones. Los varones además llevan dos tirabuzones a los lados de la cabeza.
El resto de su indumentaria es muy similar a la que usaban sus antepasados en el siglo XVIII,  la misma también que llevaban los primeros judíos ultra ortodoxos que llegaron a Nueva York tras la segunda guerra mundial. Primero se establecieron en el Lower East Side en Manhattan, donde dejaron una preciosa sinagoga, la más antigua de la ciudad, en la calle Norfolk. Pero en 1950 el Rabino Teitelbaum, uno de los pocos afortunados que logró salir de Auschwitz en un tren de rescate  apodado como el “Arca de Noé”, decidió establecer el centro de la comunidad jasídica en Williamsburg. Entonces eran un pequeño grupo, hoy son cerca de ochenta mil y en veinte años habrán doblado su número. Cada noche en la comunidad se celebran entre diez y doce bodas, los divorcios prácticamente no existen y cada pareja tiene una media de seis hijos.

No hace falta hacer ningún estudio poblacional para darse cuenta de su imparable crecimiento, basta con pasear por la calle. Antes de cruzar Broadway, la frontera, los niños son escasos y abundan los perros, una vez en la zona judía, sólo hay niños y ni un solo perro.
La elevada tasa de natalidad junto a al bajo nivel formativo hacen que los índices de pobreza sean bastante altos en la comunidad.  Esta fue una de las características que más me sorprendió de ellos. Muy lejos de la imagen que tenemos del judío acaudalado empresario de éxito, cerca de la mitad de las familias ultraortodoxas viven por debajo del umbral de la pobreza y esto se debe a varios factores. Para empezar carecen de la formación necesaria para alcanzar trabajos de alta remuneración ya que acuden a colegios propios donde la educación se centra en el estudio de las sagradas escrituras, dejando de lado otros aspectos. Un estudio al que siguen dedicando gran parte de su tiempo a edad adulta lo que obliga a las mujeres a trabajar en casa y fuera. La mayoría también en empleos de baja cualificación.

"niños judíos ultra ortodoxos Nueva York"

 De los beneficios que otorga el Estado de Israel a los judíos, los ultra ortodoxos tampoco se benefician. Es más, lo rechazan cómo si del más sucio de los dineros se tratase. Una tarde mientras hacía un trasbordo en el metro contemple de refilón lo que me pareció ser un judío jasídico con una pancarta que decía “Israel es el demonio”, y como en Nueva York se ve de todo, pensé que simplemente sería un performance, pero nada más lejos de la realidad. Para los judíos ultra ortodoxos el estado de Israel es la causa de gran parte de los males de este mundo. Ellos ansían la Tierra Prometida pero no aquella que se consigue mediante la guerra sino la que traerá el mesías, cuando llegue. Es más, consideran que el holocausto fue una causa directa del nacimiento del sionismo en el siglo XIX, al igual que lo es hoy en día el terrorismo o la violencia en todas sus formas.

"judíos ultra ortodoxos Brooklyn"
Sin embargo las fronteras suelen tener más filtraciones de las que a primera vista aparenta. La palabra “Ikea” parece incompatible con el término ultraortodoxo, pues bien, no lo es. Quizás haya más jasídicos comprando allí por metro cuadrado que en la Avenida Lee, arteria central de su comunidad, un domingo cualquiera. La frutería con los mejores precios de la zona: “Doña Piña”, también es compartida por hipsters, latinos y judíos al reclamo de espárragos a un dólar.
Al contrario también sucede; yo arreglo mis zapatos en una pequeña tienda regentada por un judío mayorcísimo que por la mitad de precio me los deja como nuevos. Es precisamente esa tradición a la que siguen sujetos la que les hace ser buenos zapateros, fontaneros, orfebres o panaderos. Productos de calidad tras fachadas y escaparates  tan paupérrimos que te dan ganas de salir corriendo. Su afán por no ostentar les hace descuidar el exterior de sus negocios hasta lo inimaginable. Cual fue la sorpresa de una amiga alicantina que vino a visitarme unos días, cuando mientras paseábamos por la zona, se percató de que los zapatos “Chupetín” fabricados en su pueblo; Villena, los que los españoles hemos dejado de usar en favor de los de procedencia china, se venden hoy en el barrio ultra ortodoxo de Williamsburg.

"autobuses escolares barrio judío Nueva York"
Las relaciones entre esta comunidad y Ayuntamiento de Nueva York han pasado sus momentos de tensión pero en general son buenas. Los políticos de la ciudad saben que el grupo vota en bloque y que tener a sus líderes religiosos contentos es fundamental. La ciudad no ha accedido a su petición de que la biblioteca cierre los sábados, día de descanso obligado para los judíos, y abra los domingos. Tampoco a que el socorrista de la piscina municipal sea una mujer durante las clases femeninas.  Sí lo hizo, por ejemplo, al permitirles que utilicen el agua de pozos para fabricar su pan instalando unos filtros antibacteriológicos y no teniendo que usar así el agua tratado químicamente en las potabilizadoras. Y es que los judíos sólo pueden comer productos “Kosher”, que significa apto. Lo que es apto y lo que no, está escrito también en las escrituras. Las leyes Kosher son extensísimas; sólo comen animales rumiantes que tengan la pezuña partida, es decir oveja, vaca o cabra, nunca caballo o cerdo. Los animales han de ser sacrificados estando conscientes mediante un corte en el cuello para que pierdan toda la sangre, ya que comer sangre no está permitido. Los pescados han de tener escamas y aletas, los mariscos no son Kosher. Los lácteos nunca pueden mezclarse con la carne y el vino es Kosher siempre que esté hecho por un judío. Suele ser un rabino el que certifica si algo es apto o no.    
"judío y comida kosher Brooklyn"

Son diferentes, muy diferentes a mi, son mis vecinos y me encanta pasear por sus calles los domingos, comprarme allí unos dulces, que por cierto hacen estupendamente, y regodearme en la idea de que se puede vivir de muchas otras maneras. Eso es lo mejor de Nueva York, lo que no esta en las guías, ni en las películas, la diversidad cultural, el horrorizarse o deleitarse frente a las diferentes formas de vivir de los otros, de tus vecinos. 

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